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De
la mano de los Místicos.
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Vino
a verme una señora joven. Sonia. Me miró
con ternura, casi con lágrimas. Su
angustia era expresión natural de sus veinte
operaciones de cáncer. Al día siguiente
le harían otra. Quería mirar la muerte.
De frente. Se sorprendió cuando le dije que no
veía ninguna relación entre la angustia
y la enfermedad. No fue difícil convencerla,
como si se le cayera una venda de los ojos. “¡Qué
boba he sido!” De repente vio en su cáncer la
oportunidad de su vida. Al salir, el esposo quedó
absorto con su mirada de paz y de alegría. Derretidos
de gratitud y yo de admiración, convinimos en
que la enfermedad no tiene porqué matar a nadie.
En aquel momento ella decidió morirse de amor.
En mi trabajo de acompañamiento espiritual me
encuentro de continuo con gente sin autoestima. Me limito
a decirles: “Yo soy dueño de mis sentimiento”,
“nadie me puede obligar a tener un sentimiento que yo
no quiera”. Les recuerdo la decisión de Job,
hecho un guiñapo: “Aunque me mates, seguiré
confiando en Ti” (13, 15); y también cómo
recordaba Dostoiewski sus cinco años de trabajos
forzados en Siberia: “Aun allí es posible vivir
una vida ideal”. Les cuento cómo S. Juan de la
Cruz compuso en la cárcel el poema de amor más
bello del mundo; y cómo S. Teresa afirma una
y otra vez: “Ve claro que no hacían nada los
mártires de su parte en pasar tormentos, porque
conoce bien el alma viene de otra parte la fortaleza”
(Vida 16, 4). “Feliz el que guarda la fe pura en su
seno. No le dolerá ningún sacrificio”,
escribió Goethe.
Toda vida es vocación. Ortega y Gasset habla
de esa vocecita secreta que le dice a cada uno lo que
debe ser y por tanto qué hacer para ser sí
mismo. Vocación es llamamiento. Venir a la vida
es ser llamado. A ocupar un puesto, a cumplir una misión,
a dejar en el tiempo una huella de eternidad. El Concilio
Vaticano II afirma cómo cada uno oye en el santuario
de su conciencia la voz que le dice: “haz esto, evita
aquello”.
El ser humano es criatura de amor. Creado por amor y
para amar. Es infiel a su vocación cuando no
ama. “No somos personas; nos hacemos personas amando”
(M. Scheler). La autoestima no es otra cosa que ejercicio
de amor a sí mismo. Por amarse, conoce sus sentimientos
y sus valores, los cultiva y los pone al servicio de
los demás. Así genera abundancia y se
siente útil, el secreto de la felicidad. Toda
la obra de s. Juan de la Cruz, en verso y prosa, es
un tratado de amor. Hace esta invitación: “Donde
no hay amor, ponga amor y sacará amor”. Quien
la acepta, se empapa de autoestima.
Impresiona la fidelidad de ciertos hombres a su vocación.
A los diez años, Juan Sebastián Bach copiaba
a escondidas, a la luz de la luna o de una vela, las
partituras de sus ancestros y se las aprendía
de memoria. La dedicación incansable a su inspiración
junto a una memoria prodigiosa constituyen el secreto
de este inmenso artista.
La Biblia es un tratado vocacional. Forcejeo de fidelidad,
son patéticos sus relatos de vocación.
Moisés no sabe cómo acercarse a la zarza
que arde sin consumirse (Ex. 3, 1-6); Isaías
dice entre sollozos: “¡Ay de mí, perdido
estoy, yo hombre de labios impuros, que habito en medio
de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos
al Rey y Señor de los ejércitos!” (6,
5). Y Jeremías balbucea: “¡Ay Señor
mío! Mira que no sé hablar, que soy un
muchacho” (1, 6). Elías se siente subyugado por
el susurro de la brisa suave (1 Re 19, 12).
Autoestima, vocación, criatura de amor expresan
la misma realidad. Invitación a descubrir el
sentido de la existencia. Está bien que nos sorprenda
el amanecer escuchando el latido del corazón
que nos indica la forma de mirar y de tender la mano
en cada gesto de la jornada. Al caer la noche, quedaremos
atónitos de gratitud.
P.
Hernando Uribe Carvajal ocd.
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SOMOS
HUELLA DE ETERNIDAD
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Recuerdo
con gratitud y admiración a Santiago, profesor
universitario. Sus respuestas eran sabias. Un día
le pregunté cómo estaba. “Engañando
la muerte”, me contestó. ¿Cómo?
“Viviendo.” Me despedí. Llegué volando
adonde iba. Me sentí matando la muerte. Por un
instante creí saber algo de los místicos,
que llegar a la muerte es alcanzar vida plena, resucitar.
Los versos de S. Juan de la Cruz son seductores. “Descubre
tu presencia / y máteme tu vista y hermosura”.
Cuanto más los repito más misteriosos
se me vuelven. El misterio propiamente no incomoda;
llena, más bien, de regocijo. Milagro de la poesía,
disfrutar lo que no se entiende, y disfrutándolo
entenderlo. El corazón tiene vida propia. El
entendimiento que lo escucha, se enceguece de claridad.
El colmo de la sabiduría, morirse de hermosura.
¡Misterio singular!
El poeta comenta así sus versos: “No hace mucho
aquí el alma en querer morir a vista de la hermosura
de Dios para gozarla para siempre; pues que, si el alma
tuviese un solo barrunto de la alteza y hermosura de
Dios, no sólo una muerte apetecería por
verla ya para siempre, como aquí desea, pero
mil acerbísimas muertes pasaría muy alegre
por verla un solo momento, y, después de haberla
visto, pediría padecer otras tantas por verla
otro tanto” (Cántico 11, 7).
Al místico la muerte le ilumina la vida hasta
volverlo ciego de luz. Es posible vivir aun la muerte
más amarga con alegría. Más allá
de todo cálculo, la hermosura de Dios llena de
gozo al que muere. “Seremos semejantes a Él porque
lo veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2), dice el vidente.
El túnel de la muerte es de irresistible luminosidad.
Don Antonio Nariño eligió a Villa de Leyva
para morirse. Se sentó en el balcón de
su casa frente a la capilla de S. Francisco, a una cuadra
de distancia. Esperó la muerte mirando la hora
en su reloj de bolsillo mientras recitaba los salmos.
Como si de su corazón brotara esta oración
mística: “Ven muerte tan escondida / que no te
sienta venir / porque el placer del morir / no me vuelva
a dar la vida”. Prócer de la patria, murió
con la sabiduría con que había vivido.
Para él, morir era llegar a la vida en plenitud,
a Dios, a quien siempre honró dando la existencia
por el pueblo.
Al nacer comenzamos a morir, al morir acabamos de nacer.
Morir es llegar a la plenitud de la vida. Vivimos muriendo,
morimos viviendo. El gerundio expresa simultaneidad.
Vivimos y morimos a la vez. Para el poeta Carlos Castro
Saavedra la muerte era su compañera inseparable
que le enseñaba de continuo “cosas hermosas”.
¿Romanticismo? Cuando la emoción y los
sueños hacen grata la vida cotidiana, cuerpo
y alma se derriten de admiración y gratitud.
Asistí a un amigo de cuarenta y cinco años
en su agonía. Se incorporó y dijo con
dulzura: “Te conozco, llévame”. Y murió.
En ese momento recordé a Catalina de Génova,
una maravillosa mística medieval: “Cuando veo
morir a una persona, me digo: ¡Oh qué cosas
nuevas, grandes y extraordinarias está a punto
de ver!” ¡Qué envidia!
Un día fui a visitar un enfermo terminal. Me
abrió su corazón: “No sé si Dios
me perdonará”. “Dios no te perdona... Dios te
ama”, murmuré a su oído. Me miró
con dulzura. Era otro. En el hogar quedó flotando
la luz suave de una alegría que no es de este
mundo. Su familia sigue envuelta en la serenidad con
que murió.
Noviembre, mes de difuntos, de santos. Para aprender
su manera de orar: “A la tarde de esta vida compareceré
delante de ti con las manos vacías. No quiero
otro trono ni otra corona que tú mismo, Amado
mío” (S. Teresita). Somos huella de eternidad.
P.
Hernando Uribe Carvajal ocd.
En
la 17ª Feria Internacional del Libro, Bogotá,
2004, había una sala, escueta, en que las Naciones
Unidas presentaban unos afiches gigantes con leyendas
de refugiados, de acento sobrecogedor. Verdades seductoras
y amargas. “Amamos los verbos en pasado. Masticamos
nostalgias.” Antes de terminar la lectura, el visitante,
sin darse cuenta, quería ser uno de ellos para
saber a qué sabe la nostalgia, un verbo sin presente
que se quedó en pasado.
Labor titánica la de masticar nostalgias. Masticar
es triturar, partir y desmenuzar la comida con los dientes.
¿Qué comida es la nostalgia? ¿Qué
espesor tiene y a qué sabe? ¿Con qué
dientes se tritura? Nostalgia viene del griego: nostos,
regreso, y algos, dolor. Tristeza de una dicha perdida.
Quien mastica nostalgias, sabe que esa es la sangre
que circula por las venas y mueve el corazón.
Nostalgia, tristeza, pesadumbre, peso insoportable que
impide caminar. Es la vida del refugiado, del desplazado
del terruño de sí mismo.
Nostalgia. Verbos en pasado. Sin presente. El pasado
no existe. Existió. Quien vive del pasado, amarrado
a sí mismo, se convierte en pasado, momia que
deambula por los corredores de la imaginación,
flotando en el vacío. No asusta porque hay costumbre
de verla, tenerla, serla. Son eso los resentimientos.
Heridas cultivadas con pasión, con razón
o sin ella, si es que en eso cabe razón. Nos
carcomen, nos dañan, nos destruyen. Pasión
vergonzante la de cultivar nostalgias, heridas que dañan.
Como quien dice, quitan la inocencia, que es no dañar.
En mi trabajo de consejería espiritual, me encuentro
constantemente con personas que aman locamente los verbos
en pasado, hasta el punto de considerar intocable ese
territorio interior, como si fueran a perder su único
tesoro. Les encanta masticar nostalgias. Tienen la seguridad
de que la vida es así y no puede ser de otra
manera. Mantienen el corazón amarrado al pasado,
sin más felicidad que la de rumiar noches sin
amanecer.
Toda empresa habla de misión. A qué meta
aspira, qué propósito tiene, adónde
quiere llegar. Gracias a la misión, construye
en el presente el futuro. El futuro, que por tener presente
algún día existirá. El presente
del futuro es la forma como vivo el futuro en el presente.
Decisión mía, el futuro tiene el presente
que hago de él. Alegre o triste, amoroso o sin
amor. La afirmación del Apocalipsis: “He aquí
que todo lo hago nuevo” (21, 5) nunca tendrá
sentido para quien, por masticar nostalgias, vive de
lo que fue.
¿Qué le diera yo de mí a la gente
por su nostalgia, por su amor a los verbos en pasado?
La vida entera. Para que no se asfixien más.
Para que abran las alas, vuelen, respiren aire puro,
contemplen el horizonte infinito y se extasíen
de felicidad. Para que tomen conciencia de que ni el
pasado ni el futuro existen. Sólo el presente.
Y de cómo el pasado y el futuro tienen el presente
que pongo en ellos, que les doy. “La vida es bella”.
S. Juan de la Cruz es conmovedor. Y demoledor. “No me
da pena nada. No me da gloria nada”.
¿Mastico nostalgias? ¿Mastico ilusiones?
Sí, ya. No antes ni después. En el presente
cada nostalgia se me vuelve ilusión. Miro el
horizonte. Va hasta el infinito. Estiro la mano y lo
traigo hasta aquí. Descubro que la esperanza
no me evade del presente, me anticipa el futuro. Nostalgias
e elusiones se me vuelven pura felicidad. La que vivo,
la que soy, hecho para masticar sin descanso la alegría
de vivir.
P.
Hernando Uribe Carvajal ocd.
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¿EXISTE
LA MAGIA DEL PERDON?
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La
palabra magia es un caucho. Cada uno la estira a su
talante. Es mago quien tiene magia. El mago produce
efectos maravillosos que parecen imposibles. Hay magia
negra y magia blanca. Los profesionales de la magia
negra abundan y son frecuentados. El resentimiento,
como el odio, la envidia y la venganza, es plato apetitoso
y venenoso a la vez. Quien se alimenta de él
no ha de sorprenderse de lo nocivo que es. Magia negra
es ánimo de hacer el mal.
Existe también la magia blanca, poder sobrenatural
de hacer el bien. El evangelio habla de unos magos,
llamados reyes por tradición. Los admiramos por
colocar la ternura de su magia -¡oro, incienso
y mirra!- a los pies del Niño que acaba de nacer.
Celebramos su fiesta con creciente admiración.
Su magia es, con todo, pálido reflejo de la magia
de Jesús, que restablece en forma radical instantánea
a cuantos se acercan a él. La magia invade como
el agua y el fuego. Es la intriga que despierta Jesús,
si por intriga entendemos lo que inspira viva curiosidad.
‘¿Quién es éste que hasta los vientos
y el mar le obedecen?’ (Mt 8, 27). Es la pregunta que
repite sin cesar quien de alguna manera vive en relación
con él.
Hablamos de la magia del perdón. Es decir, del
asombroso poder de perdonar. Si perdonar es restablecer
una relación rota, está claro que el perdón
tiene el poder de soldar, de sanar. Dada la fragilidad
del amor, el beneficio del perdón alcanza hasta
la más profunda intimidad de quien presta oídos
al poderoso instinto de comunión que habita cuerpo
y alma. Vivimos restableciendo relaciones rotas, perdonando.
Sólo perdona quien ha dejado de amar. Se sorprende,
confuso y mancillado, que ha roto la relación
–de amor- consigo mismo, con el cosmos, con Dios y con
los demás. Y siente la urgente necesidad de restablecer
la armonía cosmoteándrica según
el mandamiento nuevo de amar como Él ha amado
(Jn 14, 34). ¡Amar con amor divino! El amor hace
posible la imposible tarea de amar.
¿Perdonó Jesús de Nazaret? Sabemos
que hizo esta conmovedora oración: ‘Padre, perdónales
porque no saben lo que hacen’ (Lc 23, 34). Pista esclarecedora.
Quien no infringe roturas, no está en la necesidad
de soldarlas. Siempre que podía, Jesús
se juntaba con pecadores, es decir, con gente que rompía
relaciones. Ver, por ejemplo Mateo 9, 10-14. ¿A
qué se juntaba con gente “de mala vida”? ¿A
hacerles caer en la cuenta de que se podían ahorrar
el trabajo de restablecer relaciones no rompiéndolas?
Lo que El hacía: vivir en relación de
amor con su Padre y con todos los seres de la creación,
por despreciables que fueran. La lista era larga: posesos,
leprosos, adúlteras, cojos, ciegos, ladrones,
paralíticos. Un gesto simple de ternura, repetido
una y otra vez, los restablecía en plenitud.
Si amar es una decisión, Jesús vivía
en la decisión de amar. A los menesterosos que
se le acercaban, les ardía la mirada de amor.
El recelo de Zaqueo se disipó al cruzar, a distancia,
la mirada con Jesús. “Hoy ha llegado la salvación
a esta casa” (Lc 19, 9). Devolvió lo defraudado
con inusitada generosidad. La transparencia afectiva
flotaba en presencia de Jesús.
Dios no perdona porque no se ofende. Si se ofendiera
no sería Dios. Sin ofensa no hay perdón.
En el libro “Dar gracias a la Vida” de J. F. Demartini,
leí con fruición: “El perdón es
una ilusión farisaica. Es un acto de orgullo
y fariseísmo pensar que tenemos derecho a juzgar
o perdonar. La verdad no necesita perdón” (p.
223). Es maravilloso que la oración nos vuelva,
como Dios y contando con Él, inmunes a la ofensa
y al perdón. El Hijo Pródigo descubrió,
en el colmo del asombro, que Dios no perdonaba; acogía.
Jesús acogía y compartía (Lc 15,
1-2, 11s.). Al compartir el pan, su mirada misericordiosa
volaba con dulzura de corazón a corazón.
Con acento divino y lejos, por lo mismo, de la ofensa
y el perdón, puede que algún día
experimentemos la simplicidad de la magia del amor.
P.
Hernando Uribe Carvajal ocd.
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